domingo, 26 de febrero de 2017

Gestión emocional con espíritu

Las emociones nos sitúan en su respectiva plataforma de acción, es decir, la disposición a actuar de acuerdo a la emoción que sentimos. En el momento de decidir qué hacemos, cómo actuamos, interviene la razón, el pensamiento, en orden a unos valores y opciones vitales. Las decisiones que nos mueven a actuar van a generar nuevas emociones de bienestar o malestar según se ajusten más o menos a esas opciones vitales que, de forma consciente o inconsciente, vamos tomando en nuestro propósito de ser felices (generar felicidad).

Por tanto, trabajar la gestión de las emociones se tiene que hacer en orden y referidas a algo, una finalidad, un proyecto personal y común, una forma de ser, un meta, un sentido o, dicho de otra manera, una espiritualidad.


Trabajar las emociones al margen de un trabajo sobre las opciones vitales, los valores últimos o la espiritualidad, lo convierte en una herramienta que puede que no sirva como generadora de bienestar desde una perspectiva más amplia en el tiempo.

La Inteligencia Emocional se debe complementar con la Inteligencia Espiritual, ya que la finalidad última de las inteligencias de todo ser humano con buena salud mental es orientar la vida hacia el propio desarrollo humano individual, social y ecológico, y para eso debemos ser conscientes de las decisiones que tomamos y para qué las tomamos.

En clave de la acción social y solidaria, cuando decidimos orientar nuestra vida a la lucha por la justicia y el bienestar (buen vivir) del ser humano, especialmente de aquellos a los que se les priva de esa situación, lo hacemos como una decisión que va más allá del acto o tiempo puntual solidario (voluntario) sino como una opción vital que orienta la gestión de nuestros miedos, tristezas, iras, alegrías, seguridades... hacia un estado de autorrealización personal con sentido. Y para eso hace falta la espiritualidad como capacidad e inteligencia. La misma se podrá desarrollar en clave religiosa o no, si bien siempre en clave comunitaria y ecológica como algo connatural a nuestro propio ser.

jueves, 23 de febrero de 2017

El Voluntariado como un Encuentro que nos libera

¿Para qué hacer un voluntariado social con colectivos y personas en exclusión social? ¿Ayudar? ¿Necesitan mi ayuda? ¿Qué les aporto? ¿Qué me aportan? ¿Necesito yo de su “ayuda”? ¿Qué nos supone o nos puede suponer la solidaridad como acción y encuentro voluntario? ¿Quién ayuda a quién? En clave de Pedagogía de la Liberación, ¿quién libera a quién?

Únicamente desde la libertad, como proceso de liberación permanente, podemos generar relaciones que tengan un carácter transformador de la realidad.

Nadie libera a nadie, todos nos liberamos en comunión y en comunidad.

Sólo desde el Encuentro posibilitamos una solidaridad que nos libere y, por tanto, transforme la realidad que nos impide desarrollar unas relaciones de descubrimiento liberador del otro.

Los procesos de enseñanza-aprendizaje que se dan en los encuentros solidarios entre aquellos que desde su vulnerabilidad sufren las consecuencias de la opresión y aquellos que desde su pertenencia a la realidad opresora se encuentran, van a determinar esa nueva relación, que se traducirá en un descubrimiento concientizador mutuo. Esto quiere decir, ¿quién es aquel que es excluido de los recursos materiales y/o formativos básicos para su desarrollo personal y comunitario? Ese “quién es” no lo conoceremos sin salir de las etiquetas, los prejuicios y estereotipos que nos impiden actuar con la libertad necesaria para relacionarnos desde la horizontalidad requerida.

Para ello se requiere tres momentos complementarios que tienen que ver con lo cognitivo, lo emocional y lo actitudinal. Conocer (saber), sentir (experimentar/vivenciar) y actuar. Reflexión/Emoción/Acción como proceso que nos permite la transformación individual y comunitaria.

La Cooperación tiene que ir revestida de Encuentro para que desde la horizontalidad nos permita construir y entrar en auténticos procesos de liberación mutua.


martes, 31 de enero de 2017

El poder de nuestro poder

Y es que en todas nuestras relaciones y encuentros se dan relaciones de poder. Poder de hablar, de callar, de convencer, de argumentar. Poder de decidir, poder de manipular, poder de empoderar o poder de oprimir. También poder de educar-nos, de liberar-nos, de desarrollar-nos.

Nuestro poder está determinado por nuestras capacidades y por la toma de conciencia del mismo. Su buen o mal uso por nuestra voluntad, los valores que ponemos en juego y por la propia gestión que hagamos de él. 
La primera pregunta es ¿qué busco en esa relación, en ese encuentro en el que vamos a poner en relación el poder de nuestro poder con el otro? Hablamos de encuentros formativos, del voluntario/a con los destinatarios/as, del voluntariado entre sí.

El poder actúa, seamos o no conscientes de él. Su acción y consecuencias serán más imprevisibles en la medida que menos consciencia tomemos de él y de su poder en cualquier relación. El poder de nuestro poder tiene mucho que ver con el cumplimiento de nuestros objetivos con los otros.

Un termómetro del buen o mal uso del poder en nuestras relaciones podrían ser las emociones que genero con mi relación en el otro. Puedo generar miedo, porque mi poder es entendido en confrontación con sus intereses. Puedo suscitar ira ante la percepción de un uso injusto de mi poder. Puedo generar inseguridad ante la desconfianza del uso que pueda hacer del mismo. En esos casos mi poder no estaría bien orientado a crear relaciones formativas, de empoderamiento o desarrollo personal.

¿Cuál sería la emoción que al ser generada indicaría el buen uso de mi poder con el otro? La seguridad. Una relación o encuentro que genere seguridad en ambas partes equivale a ser consciente que el poder del otro estará puesto al servicio común en el cumplimiento de unos objetivos compartidos.

La seguridad como emoción conlleva la predisposición al aprendizaje desde la confianza, al empoderamiento mutuo y, por tanto al cumplimiento de los objetivos que nos marquemos en esa relación o encuentro.

La pregunta por tanto es: cuando me relaciono con el otro, ¿mi poder genera seguridad en él? En las relaciones de liderazgo, de acompañamiento, de educador, ¿qué tipo de emoción genero en el otro?


Toda emoción nos dispone en una plataforma de acción (escapar, huir, aprender, imaginar, decidir...). La seguridad o su universo de emociones: paz, sosiego, templanza, calma, control, satisfacción..., nos ayuda a equilibrar nuestros deseos, sueños, nuestras relaciones interpersonales, nuestra capacidad de imaginar lo que podemos hacer y luego realizarlo. El poder que genera seguridad en el otro ayuda, por tanto, en la toma de decisiones. Imaginar y decidir.

De igual forma, la emoción seguridad regula conceptos como la vulnerabilidad y la resiliencia. Es la plataforma de la autoestima, la decisión controlada, en paz, y del éxito. Cuando en mi relación interpersonal creo un clima de seguridad en el otro desde el poder que tengo, me convierto en un instrumento eficaz, efectivo y afectivo para el desarrollo personal y la toma de decisiones. No olvidemos que el otro también cuenta con un poder que tiene que ponerlo en juego desde los mismos parámetros para que genere en mí, igualmente, la seguridad necesaria en el manejo constructivo de la relación.

Todo esto nos sirve para mejorar y dar sentido a la relación de acompañamiento que podamos hacer con el voluntariado desde la formación, en nuestra relación con nuestro acompañante o en la relación y comunicación con nuestros destinatarios en la acción voluntaria.

domingo, 15 de enero de 2017

El peligro del "yoísmo"

Trabajar desde el "yo" y sobre el "yo" se hace indispensable y fundamental en los procesos de formación del voluntariado social. El carácter transformador que tienen los estilos de vida coherentes con el cambio que intentan promover, lo transformador que supone los encuentros personales, interculturales, basados en la comunicación horizontal, solidaria, el ser capaz de poner en el centro la Misión, la vocación, en la relación con el otro, obliga al trabajo personal y profundo sobre mi propio yo. Ir a mi propio centro, en su profundidad, descubrirme en mis posibilidades más reales, comprenderme en mis retos y en sus dificultades, pero, sobre todo, dar y alcanzar el sentido de mis opciones implica la radicalidad personal, es decir, ir a las raíces de lo que me impulsa a ese compromiso vital y de transformación social. Un trabajo de inmersión, de reflexión, meditación, interiorización, re-descubriéndome ese yo que va a ser el soporte vital y de sentido que me mantenga en el compromiso. Ese esfuerzo de centrarme y profundizar en mi, adquiere su sentido transformador en el momento que descubro en ese yo profundo la fuerza necesaria que me impulse al des-centramiento.

Centrarme bien y en profundidad para des-centrarme en mi encuentro con el otro, clave para que mi labor sea realmente transformadora. Si durante la formación el yo se posiciona en uno de los centros de mi pre-ocupación, no debemos perder de vista que es la Misión (meta, finalidad, vocación) la que debe ocupar el centro de mi labor y de mis relaciones con los demás. Si no, convertimos la importancia del "yo" en la justificación de un "yoísmo" que en poco tiempo hará tambalearse los cimientos del sentido de mi opción solidaria y transformadora.
El "yoísmo" que nos impide des-centrarnos, poner al otro, sus circunstancias, su cultura, su comunidad, en el centro de mi labor y de mi opción.

Centrarme para des-centrarme, des-centrarme para centrar mi Misión. De esta forma, además, ella, mi Misión, mi vocación, el sentido de mi labor, me ayudará a superar adversidades, miedos y conflictos difícilmente superables si no me dejo de considerar el centro sobre el que gira todo lo demás.

Y quizá estemos hablando de un conflicto con tintes interculturales. Un conflicto entre una cultura que tiende en estos momentos al "yoísmo" teñido de terapias y espiritualidades que nos centran en el yo para quedarnos en el yo, frente a otro tipo de cultura comunitaria donde el centrarse en el yo no es sino una herramienta pedagógica y espiritual que nos permite encontrar la fuerza y el sentido necesario para descubrir que no existe la realización personal al margen del otro y de lo comunitario.

sábado, 7 de enero de 2017

Acompañándonos

No puedo ir solo en mi voluntariado, la soledad no es, es ausencia
necesito la mano que no aprieta, que acaricia la nuestra
que te agarra y te suelta sabiendo de mi necesidad, desde mi vivencia.

Acompáñame desde la distancia que se acerca, pero también se aleja,
acompáñame desde el respeto a mi soledad querida y necesaria, 
pero que en momentos es necesidad de sentirme con la mano agarrada.

Acompáñame desde la escucha de mi palabra y de mi silencio buscado,
acompáñame desde tu palabra que resuene en mi otro silencio, hecho de miedos,
de los que me bloquean en el camino que busca mis sueños.

Acompáñame sabiendo que es mi vida, y yo su dueño, su protagonista,
pero que necesito de la mano amiga forjada de confianza  y respeto, 
que me empuje o remueva cuando caiga en el hastío del aburrimiento



Y es que la entrega al otro me toca muy adentro, me remueve el ego,
me confunde el altruismo con el egoísmo y es cuando necesito de tu espejo.
Acompáñame en mi cuestionamiento, aquel que me libera, porque muestra
esa verdad, que hecha de alegría y esperanza se vuelve sentimiento, del bueno.

Y es que estamos en la época de la post-verdad, donde sólo cuenta aquello que quiero escuchar,
donde me cuentan sólo lo que quiero oír, para así no tenerme nada que cuestionar.
Pero yo quiero que me acompañes, para escucharme en lo profundo de mi yo,
donde se encuentra lo profundo de las opciones que me impulsan en mi transformación.

Porque yo sí creo en la verdad, la que se construye desde la comunicación creativa,
desde la entrega solidaria, vital, que te lleva al encuentro en la vulnerabilidad,
que te libera de las máscaras que hacen que te escondas en las miserias de tus miedos,
y es ahí, en la intemperie de mis fronteras, donde necesito de tu acompañamiento.

No me sueltes la mano, cuando te la pida, porque te la pido, 
porque en mi transformación se juega el mundo la suya
y eso es el principio que me motiva y el final que me realiza,
pero necesito de tu mano, igual que tú necesitarás de la mía.

jueves, 5 de enero de 2017

Desde las ideas a las emociones

Normalmente en la formación del voluntariado se ha insistido en formar ideas, análisis, herramientas para el trabajo..., todo aquello que desde el raciocinio nos haga insertarnos de la mejor forma posible en la realidad objeto de nuestro voluntariado social. Sin embargo, siempre hemos entendido que desde la formación tenemos que fomentar aspectos como la implicación, el compromiso, la relación, las vivencias/experiencias, es decir lo referente al sujeto que actúa y no solo al objeto o ámbito de actuación. Y es ahí donde se hace necesario formar en las emociones y desde las emociones. Si no, forjaremos especialistas, grandes ideólogos, analistas excepcionales pero con grandes dificultades a la hora de comprometerse, de ser constantes, de entusiasmarse, de tomar buenas decisiones.

En el voluntariado social que trabaja con personas el sujeto es el soporte de las actuaciones, un sujeto sano actuará de forma sana, un sujeto comprometido actuará de forma constante, un sujeto implicado actuará ahondando en las raíces de los problemas y conflictos. Ese sujeto estará determinado por su estado emocional. Conocer, comprender y regular sus emociones le permitirán permanecer en el compromiso de forma activa, responsable y sana.


Cierto es que normalmente (y de forma conveniente) lo que nos acerca a este tipo de voluntariado son las ideas, la razón, de que ante una realidad injusta que he percibido debo comprometerme (ayudar) en el cambio de esa realidad. Este es un primer paso que me "pre-ocupa", pero no es lo que me va a facilitar o a empujar a "ocuparme". Ocuparme de ello conlleva tomar decisiones al respecto (comprometerme, implicarme) donde la voluntad juega un papel determinante. Y aquí es donde entran en juego mis emociones. La alegría, la seguridad, la curiosidad, la esperanza, son emociones que me moverán a actuar, a asistir, a dedicar tiempo, a aprender también desde mi voluntariado. Es decir, me "motivan". Sin embargo, el miedo a no saber desenvolverme, la tristeza ante las situaciones que veo, la ira que me genera las injusticias, la desesperanza o cansancio de no ver cambios, por ejemplo, me puede llevar a perder esa motivación. Las emociones negativas (no placenteras) tienden a separarme, a desmotivarme, alejarme, huir o actuar no de la mejor forma ante esas realidades que me generan tales emociones. Además esas emociones no tienen por qué generarse en o desde la realidad desde la que trabajo sino que las puedo traer "de casa".

Percibirlas, comprenderlas y regularlas son capacidades, competencias que hemos de formar, preparar, porque esas emociones son el soporte de activación del sujeto, Además, si en nuestro voluntariado vamos a "trabajar" (relacionarnos, convivir) con personas, mayor motivo para trabajarlas desde la formación. Son los afectos o des-afectos que se crean los que al final, en gran medida, nos hará levantarnos del sofá o de la cama o dejar otra cosa menos prioritaria para acercarnos con "buen ánimo" a realizar nuestro voluntariado o, mejor dicho, nos hará realmente ser personas comprometidas con la justicia y el cambio social.

El miedo: vigía o pirata

Uno de los acompañantes habituales y necesarios tanto en los procesos formativos como en la propia experiencia de voluntariado internacional es el miedo. Algo tan natural y necesario para la supervivencia como el miedo puede ser un elemento que nos sirva de vigía y, por tanto, de informante de aquello sobre lo que nos tenemos especialmente que preparar, o puede ser un fatal compañero que, cual pirata que se avecina, nos haga huir o quedarnos paralizados sin poner en marcha los mecanismos de acción que nos hagan salir de tal situación para tomar las decisiones mas adecuadas.

En los procesos de formación para el voluntariado internacional se hace necesario percibir y tomar conciencia de cuáles y dónde se encuentran nuestros miedos, actuales y posibles, conocer por qué se producen y aprender a regularlos. De esta forma convertimos nuestros miedos en vigías que ante el peligro nos posibilita virar o afrontarlo de forma valiente, prevenirlos o superarlos. ¡Cuidado!, un "Juan sin miedo" no es valiente sino un inconsciente.

Podemos observar dos tipos de miedos, los referentes a nuestro yo interno y los que tienen que ver con lo externo, las circunstancias, el entorno. Lo primero tiene que ver con aquello que nos exige capacidades, competencias personales que nos permitan superar los "peligros" en nuestro desenvolvimiento personal. Hablamos de la soledad, la afectividad, la vulnerabilidad, los impulsos, la autoestima... el saber situarme, afrontar los conflictos de forma constructiva. Lo segundo tiene más que ver con lo físico, el dolor, la enfermedad, la violencia...

Pensemos en situaciones que hayamos tenido miedo o que nos dé miedo. Es posible que tengan que ver con lo anteriormente dicho. La cuestión es la siguiente: ¿lo percibo?, ¿lo comprendo?, ¿sé sus causas? Y la clave sería: ¿cómo lo puedo regular?

La forma más efectiva es generando seguridad. La seguridad es también una emoción que percibida nos genera ese sentimiento. Es la emoción antídoto al miedo. Por tanto, trabajemos la seguridad. Mientras mayor seguridad trabajada en mí y en mi contexto mayor posibilidad de que mis miedos sean vigías que me ayuden a tomar buenas decisiones y no sean piratas que me lleven al pánico y a tomar, consiguientemente, decisiones desde los impulsos y los instintos. Cuando el miedo es pirata se anulan capacidades como la regulación, el raciocinio, el entendimiento y la comunicación. Mis ideas, mis pensamientos, mis motivaciones (conjunción consciente de mis emociones positivas)..., todo queda en un segundo plano y es secuestrado por esa emoción descontrolada del miedo pirata.

La seguridad se construye desde la potenciación de mis capacidades personales, de mi autoestima, de mis posibilidades de gestionar mis emociones y de la identificación y sentimiento de pertenencia a una organización que me hace sentir amparado, parte de, y protegido.

Y una herramienta muy humana y muy necesaria entre otras cosas para trabajarse los miedos y las seguridades es el acompañamiento. Cuando nos permitimos temer y en ese miedo nos sentimos acompañados los piratas desaparecen, crece la seguridad, el miedo se convierte en una señal que no nos paraliza o no nos hace huir, sino que nos hace tomar conciencia de nuestras seguridades y generar aquellas que estimamos necesarias para tomar buenas decisiones. Adelantarnos a los posibles miedos que se nos puedan generar y sintiéndonos acompañados (en la formación y desde la pertenencia a una organización) nos dará herramientas capacitadoras para afrontarlos y, por tanto, nos servirán de vigías que nos posibilitarán tomar las decisiones oportunas, en los momentos oportunos y con las herramientas personales necesarias.