Las emociones nos sitúan en su respectiva plataforma de
acción, es decir, la disposición a actuar de acuerdo a la emoción que sentimos.
En el momento de decidir qué hacemos, cómo actuamos, interviene la razón, el
pensamiento, en orden a unos valores y opciones vitales. Las decisiones que nos
mueven a actuar van a generar nuevas emociones de bienestar o malestar según se
ajusten más o menos a esas opciones vitales que, de forma consciente o
inconsciente, vamos tomando en nuestro propósito de ser felices (generar
felicidad).
Por tanto, trabajar la gestión de las emociones se tiene que
hacer en orden y referidas a algo, una finalidad, un proyecto personal y común, una forma de
ser, un meta, un sentido o, dicho de otra manera, una espiritualidad.
Trabajar las emociones al margen de un trabajo sobre las
opciones vitales, los valores últimos o la espiritualidad, lo convierte en una herramienta que puede que no sirva como generadora de bienestar desde una perspectiva más amplia en el tiempo.
La Inteligencia Emocional se debe complementar con la Inteligencia Espiritual, ya que la finalidad última de las inteligencias de todo ser humano con buena salud mental es orientar la vida hacia el propio desarrollo humano individual, social y ecológico, y para eso debemos ser conscientes de las decisiones que tomamos y para qué las tomamos.
En clave de la acción social y solidaria, cuando decidimos orientar nuestra vida a la lucha por la justicia y el bienestar (buen vivir) del ser humano, especialmente de aquellos a los que se les priva de esa situación, lo hacemos como una decisión que va más allá del acto o tiempo puntual solidario (voluntario) sino como una opción vital que orienta la gestión de nuestros miedos, tristezas, iras, alegrías, seguridades... hacia un estado de autorrealización personal con sentido. Y para eso hace falta la espiritualidad como capacidad e inteligencia. La misma se podrá desarrollar en clave religiosa o no, si bien siempre en clave comunitaria y ecológica como algo connatural a nuestro propio ser.
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